1. El camino recorrido
Los acontecimientos sinodales presuponen un hábito, un estilo, que se expresa en el modo ordinario de vivir y obrar de la Iglesia, y se formaliza institucionalmente, a nivel local, regional y universal, involucrando a todo el Pueblo de Dios. Por ello, aun cuando podemos afirmar que la Iglesia es sinodal desde su origen, lo es mediante una variedad de realizaciones o figuras históricas a lo largo del tiempo.
Cuando el 9 y 10 de octubre de 2021 el papa Francisco inició solemnemente el Sínodo «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», comenzamos un camino de escucha y discernimiento como Iglesia universal, que fue vivido y experimentado en las comunidades eclesiales con la originalidad propia de cada Iglesia local, “expresando su naturaleza como un caminar juntos y un reunirse en asamblea del pueblo de Dios, convocado por el Señor Jesús en la fuerza del Espíritu Santo, para anunciar el Evangelio”.
El Sínodo 2021-2024 puede presentarse como un ejemplo de discernimiento en común de toda la Iglesia. Es el primer Sínodo que se celebra con posterioridad a Episcopalis communio, y pasa de ser un acontecimiento a ser un proceso, en el cual el discernimiento de los pastores se lleva a cabo dentro de un proceso más amplio, de consulta y escucha, que no puede ser ignorado. La presencia de hermanos y hermanas no dotados del munus episcopal es, precisamente, memoria de un proceso de escucha y discernimiento que ha involucrado al Pueblo santo de Dios, sujeto del sensus fidei. Podríamos decir, entonces, que el Sínodo es un “lugar de experimentación de los procesos de toma de decisiones y de discernimiento en la lógica sinodal”, en el cual se han identificado los roles y los procesos, que involucraron a distintos sujetos: obispos, el obispo de Roma, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos, entre ellos, hombres, mujeres, jóvenes.
En Chile, este camino sinodal lo hemos realizado en un momento muy especial de nuestra historia, en el contexto de la crisis vivida como Iglesia a raíz de los casos de abuso, y por ello, integrado al proceso de discernimiento eclesial iniciado en el año 2018. El itinerario no ha estado exento de dificultades (la pandemia, la crisis social y política iniciada en octubre de 2019, las dolorosas consecuencias de los abusos), sin embargo, también se avanzaba articuladamente a nivel diocesano y nacional, generando espacios y dinámicas de escucha, diálogo y discernimiento, promoviendo una amplia participación del pueblo de Dios. Adicionalmente, el proceso mismo estuvo sostenido en “una larga tradición sinodal de la Iglesia de nuestro país, expresada en la realización de sínodos y asambleas en la mayoría de las diócesis y también a nivel nacional”.
Junto con los otros países de la región, participamos activamente en la etapa continental del Sínodo, acompañados y animados por el CELAM; se fue configurando así un discernimiento regional en el que convergían anhelos, desafíos, preocupaciones y dolores que ofrecimos -como fruto del camino sinodal en América Latina y el Caribe- en las dos sesiones de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
2. La corresponsabilidad de los fieles
Comenzábamos estas líneas señalando que el estilo sinodal de la Iglesia involucra a todo el Pueblo de Dios. Si avanzamos en la reflexión sobre el sujeto de la sinodalidad, nos preguntaremos ¿de qué pueblo se trata?
En la Primera Carta de Pedro, refiriéndose a aquellos que se acercan al Señor, los llama “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las grandezas del que los llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que en un tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios” (1 Pedro 2, 4-5, 9-10)
Este pasaje del Evangelio es tomado por Lumen Gentium 9, y agrega que los que creen en Cristo, renacen no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo, y que la condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo.
Es necesario mencionar que “pueblo”, de hecho, es el sustantivo más recurrente en Evangelii Gaudium y que la referencia al pueblo en el Magisterio del papa Francisco, queda sobre todo iluminada desde la realidad del Pueblo de Dios y su inculturación en los pueblos seculares, es decir, la perspectiva del “pueblo fiel”, en consonancia con las grandes líneas de la eclesiología centrada en la noción bíblica y conciliar de “pueblo de Dios”. Esta noción es presentada en Lumen Gentium, capítulo II, bajo el título “Del Pueblo de Dios”, y la toma también el Código de Derecho Canónico, para su Libro II, fiel a uno de los dos elementos que debían presidir todos los trabajos de revisión del Código: “que se tuviesen en cuenta para esta labor de revisión todos los Decretos y Actas del Concilio Vaticano II, ya que en ellos se encontrarían las directrices esenciales de la renovación legislativa”.
Pueblo de Dios es el sujeto, social e histórico, del Misterio. El denominador común es la dignidad, el bautismo, la gracia, la vocación a la perfección, una salvación, una esperanza y una caridad, sin divisiones. La dimensión sinodal de la Iglesia expresa, entonces, el carácter de sujeto activo de todos los Bautizados y al mismo tiempo el rol específico del ministerio episcopal en comunión colegial y jerárquica con el Obispo de Roma.
La sinodalidad eclesial se realiza en el ejercicio de la corresponsabilidad de los fieles, que se traduce institucionalmente en sus diferentes niveles y en la distinción de los diversos ministerios y roles, en su vida y en su misión. En concreto, esto significa que el “estilo sinodal”, tiene que verificarse formalmente – y no solo habitualmente – en mayor o menor medida en lo cotidiano de una comunidad cristiana, en sus estructuras y en sus procesos (que traducido al lenguaje jurídico-canónico, serían las instituciones y los procedimientos), los cuales están al servicio del discernimiento eclesial.
El fundamento de la participación de todos los fieles en las tareas de la Iglesia lo ofrece el canon 204, cuando afirma que los fieles han sido incorporados a Cristo por el bautismo, se integran al Pueblo de Dios, y hechos partícipes de la triple función de Cristo, son llamados a desempeñar la misión de la Iglesia en el mundo.
Esa corresponsabilidad de los fieles cristianos es la que nos interpela ahora a “apropiarnos” del Documento Final del Sínodo y caminar junto al Romano Pontífice y los Obispos en la implementación del Sínodo, cada uno a su modo y secundum propriam cuiusque condicionem.
3. El Documento final del Sínodo
El Documento Final del Sínodo es fruto de un ejercicio sinodal que se prolonga desde 2021 y hasta la segunda sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Fue aprobado por el papa Francisco al concluir la Asamblea, el 26 de octubre de 2024, y luego entregado a toda la Iglesia el 24 de noviembre, junto con una Nota de Acompañamiento que, “en un acto sin precedentes en la historia de la institución sinodal, declara que el Documento Final “participa del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro (cf. EC 18 § 1; CCC 892)” y pide que sea recibido como tal”. Aunque no se trata de un documento estrictamente normativo, corresponde ahora su recepción, para una aplicación adaptada a cada contexto local, mediante procesos de discernimiento eclesial (implementación).
Analizar exhaustivamente el documento excedería los límites de esta reflexión; sin embargo, destaco a continuación los ejes principales de las partes temáticas en las cuales se estructura el mismo, anticipando que cada una de ellas está inspirada en relatos evangélicos de la Resurrección que guiaron el discernimiento y fueron el hilo conductor del diálogo durante la Asamblea sinodal.
El itinerario que nos propone comienza en el corazón mismo de la sinodalidad (Parte I), a partir de la identidad bautismal común que nos configura como Pueblo de Dios, la necesaria conversión personal y comunitaria, la valoración de los contextos, culturas y diversidades, y nos presenta la sinodalidad como una disposición espiritual “que brota de la acción del Espíritu Santo y requiere escucha de la Palabra de Dios, contemplación, el silencio y la conversión del corazón” (DFS 43).
En su segunda parte (la conversión de las relaciones) el documento nos propone volver la mirada a los Evangelios, “aprendiendo a hacer nuestras las actitudes de Jesús” (DFS 51), desplegadas en dinámicas relacionales que implican todos los bautizados entre sí -en la diversidad de carismas, vocaciones y ministerios- y a los bautizados con el mundo, llamándonos al intercambio de dones.
Como mencionaba en el número anterior, el estilo sinodal debe verificarse formalmente, también, en los procesos eclesiales. La Parte III del Documento Final enfatiza en tres prácticas, relacionadas entre sí, que sirven a la Iglesia para cumplir su misión: el discernimiento eclesial, el cuidado de los procesos decisionales, y la transparencia, rendición de cuentas y evaluación del propio trabajo. Estas prácticas no constituyen meras herramientas para la eficacia, sino que tienen fundamentos teológicos, bíblicos y espirituales que es necesario explorar. A lo largo de esta tercera parte, se presentan orientaciones y propuestas para la conversión de los procesos, como la convocatoria regular de asambleas a distintos niveles de la comunidad eclesial, la creación de consejos más representativos, y el mayor protagonismo laical, incluyendo una participación más efectiva de las mujeres.
Sobre este último punto el texto menciona el llamado de la Asamblea para la aplicación plena de las oportunidades que ya prevé la legislación canónica vigente en relación con el rol de la mujer y “a poner más atención al lenguaje y a las imágenes utilizadas en la predicación, la enseñanza, la catequesis y la redacción de documentos oficiales de la Iglesia, dando más espacio a la contribución de mujeres santas, teólogas y místicas” (DFS 60).
En el cuarto apartado del Documento Final se profundiza en la imagen de Iglesia sinodal conformada por vínculos que se sustentan en la comunión y que se va estructurando enraizada en territorios concretos, poniendo de relieve la dimensión local de la Iglesia, con su “rica diversidad de las expresiones de la fe arraigada en contextos culturales e históricos específicos” (DFS 110). Se aborda aquí la sinodalidad como profecía social, los retos del mundo de hoy y los cambios socioculturales que desafían nuestra acción pastoral (urbanismo, movilidad humana, cultura digital), así como el rol de las agrupaciones de Iglesias y el ejercicio del ministerio del Obispo de Roma a la luz de la sinodalidad (DFS 130).
La última parte del texto está dedicada a un tema que ha sido puesto de relieve, transversalmente, en los procesos de escucha llevados adelante a lo largo de las distintas etapas del camino sinodal: la formación. En efecto, “para que el Pueblo santo de Dios pueda testimoniar a todos la alegría del Evangelio, creciendo en la práctica de la sinodalidad, necesita una formación adecuada” (DFS 141), que comienza con la iniciación cristiana, y debe ser integral, continua y compartida, reconociéndonos no sólo destinatarios, sino sujetos activos de la formación en los múltiples espacios formativos que existen en la Iglesia, al interior de nuestras comunidades eclesiales, y también en instituciones de formación de inspiración católica , que “pueden convertirse en un laboratorio de relaciones amistosas y participativas” (DFS 146).
El Documento Final no representa un cierre, sino una apertura concreta a una nueva etapa de la vida eclesial, marcada por el discernimiento local, adaptación cultural y corresponsabilidad. Se trata de consolidarnos como una comunidad que camina unida en comunión, participación y misión. El desafío es convertir las palabras del texto en acciones transformadoras, siendo el inicio de un camino de renovación estructural y espiritual, anclado en la escucha del Espíritu y del Pueblo de Dios.
4. La fase de implementación del Sínodo
La fase de implementación es la última de las tres fases del Sínodo, posterior a la fase de consulta y escucha del Pueblo de Dios, y a la fase celebrativa que se desarrolló en las dos sesiones de la Asamblea del Sínodo de los Obispos.
Esta tercera fase fue inaugurada por el Papa Francisco con la Nota de Acompañamiento del 24 de noviembre de 2024, mediante la cual se entregó el Documento Final a toda la Iglesia. Es un momento decisivo para que las comunidades eclesiales asuman con compromiso las orientaciones y desafíos surgidos del proceso sinodal. Esta etapa implica la puesta en práctica concreta de las reflexiones y acuerdos que han emergido para favorecer una Iglesia más participativa, misionera y cercana al pueblo.
Es necesario destacar la creatividad que -a lo largo de todo el proceso sinodal- se ha dado en la mayoría de las diócesis de Chile para incentivar la participación y el diálogo del Pueblo de Dios, a través de diversas instancias: consultas abiertas a los feligreses, asambleas parroquiales y de otros grupos de Iglesia, consejos diocesanos, experiencias de oración comunitaria, reuniones por zonas o decanatos, reflexión compartida, encuestas. Todo esto da cuenta de metodologías participativas que favorecieron el “sentarse a la mesa, mirarse a los ojos y dialogar con verdad”. Por ello, “en el horizonte chileno, la implementación del DFS se concibe explícitamente como un proceso de recepción creativa antes que como una simple “aplicación” normativa”.
Adicionalmente, las Orientaciones Pastorales 2023-2026 que los Obispos de la Conferencia Episcopal ofrecieron para guiar el caminar pastoral de la Iglesia en Chile se enmarcan en los procesos de participación y discernimiento que hemos llevado adelante desde 2018, y con ánimo y espíritu sinodal nos muestran un camino en cuatro orientaciones fundamentales:
Con ese horizonte estamos acogiendo el Documento Final y nos adentramos en la fase de implementación del Sínodo, que tiene por objetivos promover la participación activa de todos los miembros de la comunidad eclesial, fortalecer los procesos de escucha y diálogo permanente, implementar iniciativas pastorales que respondan a las necesidades detectadas, y fomentar la corresponsabilidad en la misión evangelizadora.
La Secretaría General del Sínodo recibió la tarea de acompañamiento de la fase de implementación, que le fue confiada por el Papa Francisco el pasado 11 de marzo y que luego confirmó el Papa León XIV el 26 de junio, durante el primer encuentro con el XVI Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo. El Card. Mario Grech, en la Carta a los Obispos del 15 de marzo, expresaba que el Documento Final del Sínodo compromete a las Iglesias a hacer opciones coherentes, y que «las Iglesias locales y las agrupaciones de Iglesias están llamadas ahora a implementar, en los diversos contextos, las indicaciones autorizadas contenidas en el Documento, a través de los procesos de discernimiento y de toma de decisiones previstos por el derecho y por el Documento mismo», es decir, un proceso de recepción de las orientaciones del Documento Final, según los desafíos propios de cada iglesia particular y comunidades eclesiales, en general. Por otro lado, en la misma Carta, enfatiza la necesidad de “proceder juntos como Iglesia entera, armonizando la transposición en los diferentes contextos eclesiales”, siendo ésta “la razón del proceso de acompañamiento y evaluación”.
Llevando adelante la tarea de acompañar esta fase del proceso sinodal, la Secretaría General del Sínodo elaboró las Pistas para la fase de implementación del Sínodo que, con el parecer favorable de su Consejo Ordinario y aprobadas por el Santo Padre León XIV, fueron presentadas a la Iglesia el 7 de julio de este año.
El objetivo principal del documento es asegurar que la experiencia del Sínodo no se reduzca a un evento puntual, sino que genere un proceso sostenido de conversión, renovación y participación en toda la Iglesia. Desde esa perspectiva, podríamos afirmar que busca ayudar a traducir la visión teológica de la sinodalidad en acciones pastorales y estructuras que favorezcan la comunión, la participación y la misión.
Estas Pistas se fueron construyendo a partir de las consultas que la Secretaría General del Sínodo ha ido recibiendo en el último tiempo, y a las que busca dar respuesta en este documento que, como se anticipa, seguramente irá seguido de otros insumos.
El texto contiene un itinerario, a modo de cronograma, que indica las distintas etapas de la fase de implementación, hasta el año 2028:
- Junio de 2025 - diciembre de 2026: itinerarios de implementación en las Iglesias locales y sus agrupaciones;
- Primer semestre de 2027: Asambleas de evaluación en las Diócesis y Eparquías;
- Segundo semestre de 2027: Asambleas de Evaluación en las Conferencias Episcopales nacionales e internacionales, en las Estructuras Jerárquicas Orientales y en otras agrupaciones eclesiales;
- Primer trimestre de 2028: Asambleas continentales de evaluación;
- Octubre de 2028: Asamblea eclesial en el Vaticano.
Estas orientaciones van dirigidas a obispos, eparcas, equipos sinodales, agrupaciones de iglesias y organismos continentales; interpela, también, a presbíteros, diáconos, consagradas y consagrados, a los movimientos eclesiales y, en general, a todo el Pueblo de Dios, sujeto del camino sinodal, enfatizando que la implementación es una tarea compartida.
A su vez, el documento expresa con claridad que “el primer responsable” es el Obispo diocesano o eparquial, quien debe garantizar que los frutos del Sínodo se integren en la vida ordinaria de la Iglesia particular que preside, y encomienda a las Conferencias Episcopales un rol estratégico: consolidar los frutos recogidos durante la Asamblea sinodal y articularlos en programas concretos que respondan a las realidades locales. Se espera que elaboren directrices comunes para sus diócesis, que promuevan espacios de coordinación interdiocesana y que aseguren la recepción del Sínodo a nivel nacional y regional. Asimismo, se les pide fomentar una cultura sinodal que trascienda la fase de implementación y se integre en el modo ordinario de vivir y gobernar la Iglesia.
Para que lo anterior sea posible, el Documento Final del Sínodo ya sugería que las Conferencias Episcopales y los Sínodos de Iglesias sui iuris “dediquen personas y recursos para acompañar el camino de crecimiento como Iglesia sinodal en misión y para mantenerse en contacto con la Secretaría General del Sínodo” (DFS 9).
Sin pretender ser exhaustivo, el documento identifica diversos ámbitos donde la sinodalidad puede hacerse visible; a modo de ejemplo, podríamos señalar los siguientes:
Para llevar adelante esta fase, el punto de referencia será el Documento Final, al cual el texto de la Secretaría General del Sínodo que estamos analizando, dedica el punto tercero, donde señala como esencial promover su conocimiento, generando instancias de formación propicias para ello. También invita a una lectura “sostenida y alimentada por la oración, tanto comunitaria como personal, centrada en Cristo, maestro de la escucha y del diálogo (cf. DF, n. 51) y abierta a la acción del Espíritu”. Dos claves de lectura deben guiar toda aproximación al Documento Final: 1. se trata de un texto orgánico, con un dinamismo interno propio, por lo que sus indicaciones no pueden tomarse de forma aislada o desarticulada; 2. propone una perspectiva eclesiológica enraizada en el Concilio Vaticano II.
Finalmente, la metodología recomendada en la fase de implementación se fundamenta en el discernimiento espiritual comunitario, que integra la escucha de la Palabra de Dios, la escucha recíproca entre los miembros del Pueblo de Dios y la lectura de los signos de los tiempos. Este método supone tiempos de oración, de consulta, de deliberación y de toma de decisiones, evitando la mera aplicación técnica de normas o la repetición de esquemas preexistentes, pues “el método sinodal no puede reducirse a un conjunto de técnicas para gestionar encuentros, sino que constituye una experiencia espiritual y eclesial que implica crecer en una nueva forma de ser Iglesia”.
En el caso de Chile, desde la Conferencia Episcopal, se han realizado encuentros y consultas a las diócesis, de modo de identificar necesidades y también buenas prácticas que puedan ser compartidas, en un itinerario que dialogue con las Orientaciones Pastorales 2023-2026. El primer paso fue la difusión del Documento Final del Sínodo, no sólo a través de su publicación y distribución, sino también generando espacios para su lectura y conocimiento (por ejemplo, en la Asamblea Plenaria de Obispos, entre otras instancias).
De esa reflexión han surgido propuestas con relación a distintos ámbitos de la pastoral ordinaria de nuestras comunidades, entre los cuales podríamos destacar: promover la integración y corresponsabilidad de los laicos, en particular de la mujer, así como profundizar la reflexión sobre los ministerios laicales; crear iniciativas pastorales para acercarnos a los jóvenes, como sujetos activos y no solo destinatarios de la pastoral juvenil; fortalecer la vida y el servicio de los sacerdotes; implementar y fortalecer los consejos pastorales y consejos de asuntos económicos, incorporando como buena práctica la rendición de cuentas y la evaluación; valorar y acompañar la piedad popular; reforzar la acción de la Iglesia entre los migrantes, y apoyar iniciativas de ecología integral.
Conclusión
5. El camino sinodal reclama valorar la escucha de todos los fieles, su protagonismo eclesial y su participación en los procesos decisionales y esta etapa del camino requerirá un discernimiento acerca de los pasos que, gradualmente, se irán dando a nivel local, nacional y regional, que permita identificar los ámbitos de la pastoral ordinaria en los cuales comenzará la implementación.
Como hemos visto, las pistas entregadas por la Secretaría General del Sínodo proponen constituir equipos o comisiones responsables de la animación del proceso, establecer canales de comunicación claros y abiertos, planificar actividades formativas y espacios de encuentro, promover la espiritualidad sinodal y la escucha activa, crear espacios de diálogo inclusivos y respetuosos, favorecer la corresponsabilidad y establecer procesos de rendición de cuentas y evaluativos. La sola lectura de estas tareas y procesos por realizar podría resultar agobiante; sin embargo, se ha insistido en que no se trata de una sobrecarga o una suma de acciones que se superponen y modifican el programa pastoral ya trazado en las iglesias particulares, sino de orientaciones que entregan un marco de referencia común, dentro del cual habrá que ir dando pasos, según las necesidades de cada comunidad y los procesos decisionales encauzados.
La fase de implementación es una oportunidad para que la Iglesia renueve su compromiso con la misión y viva con autenticidad el llamado a la sinodalidad. A través del trabajo conjunto, la escucha mutua y la apertura al Espíritu, se podrá construir una comunidad más unida y misionera.
Valeria López Mancini
Abogada y Licenciada en Derecho Canónico
Secretaria General Adjunta de la Conferencia Episcopal de Chile
Presidenta de la Asociación Chilena de Derecho Canónico
Jueza del Tribunal Eclesiástico de la Arquidiócesis de Santiago
Académica de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile