“María” Reflexión sobre la nota doctrinal Mater populi fidelis

Martes 23 de Diciembre del 2025
Haddy Bello Pontificia Universidad Católica de Chile Facultad de Teología

He querido llamar esta reflexión simplemente “María”, un sustantivo que encierra mucho más que un título. Si luego se quisiera precisar sobre cuál María vamos a tratar, rápidamente surgen denominaciones que la distinguen: “Madre de Dios” o “Inmaculada”. 

La devoción a la Virgen nace de la profunda vinculación que cada uno de nosotros ha desarrollado en torno a su maternidad o a su participación en el misterio de la salvación obrado por Jesucristo. Ciertamente gran parte de los creyentes hemos tomado en serio las palabras de Jesús al discípulo amado cuando, desde la Cruz, le dice: “contempla a tu madre” (Jn 19, 27). Hemos llevado a María a nuestros hogares, encontrando en ella una figura cercana, digna de admiración, respeto y amor. Su “sí” a Dios se ha transformado en inspiración para el discernimiento cristiano, personal y comunitario, que trasciende fronteras sociales, culturales y políticas.             

La nota doctrinal Mater Populi fidelis (MPf), puesta en circulación el pasado 4 de noviembre por el Dicasterio para la Doctrina de la fe, ha generado preguntas sobre qué significan los “títulos marianos”. Cuando nombramos a María, no solo pronunciamos un nombre. Cada título que le damos es una ventana que nos permite contemplar el misterio de su participación en la obra de Dios. Por ello es tan importante cuidar nuestras palabras, para que al honrarla no terminemos oscureciendo su misión ni la obra de su Hijo. 

A lo largo de los siglos, se ha reconocido en María distintos aspectos de su misión. La llamamos Madre de Dios, un título que nos recuerda que Dios tomó carne en su vientre. La reconocemos también como Virgen e Inmaculada, títulos que nos hablan de su pureza y santidad perfecta. Y porque ella es nuestra Madre en la fe, la invocamos al mismo tiempo como Madre de la Iglesia, Auxilio de los cristianos, Consuelo de los afligidos, Estrella del mar. Cada nombre nace del amor agradecido del pueblo que descubre en ella una compañía, amparo y ternura.

Por otra parte, con la promulgación de los dogmas de la Inmaculada Concepción (1854) y de la Asunción (1950), encontramos otro matiz de la devoción mariana, ligada a su papel en la obra de Salvación. El Papa Pío XII destacó fuertemente la realeza de la Madre de Dios al instituir el 31 de mayo como día de la Fiesta de María Reina (1). En el documento redactado para esa ocasión, se recogieron títulos de la tradición cristiana como: Señora, Reina, Dueña y Dominadora. Ello ha sido una demostración de cómo se vuelve natural que nuestras experiencias de encuentro con Dios y con su misterio estén vinculadas a nuestras vivencias, nuestro ambiente y contexto vital. Nos relacionamos, queremos y cuidamos desde dónde y cómo vivimos. Por eso, la situación sociopolítica y económica de las postguerras en Occidente clamaba la necesidad de resaltar la imagen protectora de la Madre por sobre cualquier otra figura. Esos títulos siguen resonando en diversos ámbitos, especialmente en la devoción popular y en nuestras oraciones, cuando pronunciamos el Salve Regina (“Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…”) o el Regina Caeli (“Reina del cielo alégrate; aleluya…”). 

La pregunta hoy es: ¿de qué manera nombramos a María? ¿Cómo la invocamos? La diversidad de realidades, cada vez más interconectadas, hace que sus títulos populares se multipliquen, y eso está bien en cuanto sean expresiones afectuosas asociadas a la relación que establecemos con la Madre del Salvador en el contexto de la obra de redención.

Sobre el universo de títulos que se pueden encontrar o proponer en torno a la Madre de Dios, la nota Mater Populi fidelis refiere únicamente a tres. Sobre ellos pide poner atención especial porque, aunque nacen de la buena intención y el profundo amor a la Virgen, pueden llevar a confundir el papel de María con el papel único e insustituible de Cristo. Me refiero a los títulos de Corredentora, Mediadora y Mediadora de todas las gracias.

Para entender por qué es importante ser cuidadosos con esos tres nombres necesitamos preguntarnos dos cuestiones fundamentales: ¿Cuál es el lugar de María en el plan de salvación? Y ¿De qué manera colabora ella en la obra redentora de su Hijo? La tradición de la Iglesia nos invita a mirarlo desde dos perspectivas: cómo participó María en la Redención que Cristo realizó en su vida, muerte y resurrección, y cómo influye ahora en nosotros, que hemos sido redimidos.

  1. Sobre llamarla Corredentora

Ese título, aunque suene atractivo, puede crear confusión. Las palabras de san Pablo son claras en este punto: por medio de la sangre de Cristo tenemos la redención y el perdón de los delitos (cf. Ef 1, 7). “Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud, y reconciliar por Él y para Él todas las cosas” (Col 1, 18b-20).

Solo Cristo pudo realizar el sacrificio redentor porque solo en Él vivimos, nos movemos y existimos (cf. Hch 17, 28). Su entrega fue plena, perfecta y suficiente. Por ese motivo no hay otro nombre bajo el cielo por el cual podamos salvarnos (cf. Hch 4, 12). 

En síntesis, la obra del Hijo está completa. Por eso, aunque reconocemos que María cooperó de manera única con el plan de Dios, “no es conveniente el uso del título de Corredentora para definir la cooperación de María” (MPf 22), pues ese título puede dar a entender que la obra de Cristo necesitaba ser completada.

  1. Sobre llamarla Mediadora

Algo similar ocurre con el título de Mediadora. San Pablo nos recuerda que “hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también” (1 Tm 2, 5). ¿Por qué solo Él puede ser el mediador perfecto? La respuesta está en su doble naturaleza: Él es verdadero Dios y verdadero hombre. En su persona se encuentran cielo y tierra, lo humano y lo divino.

María, por supuesto, coopera, ayuda e intercede por nosotros (cf. MPf 25). Acompaña a su Hijo en su misión como Madre y como discípula. Pero su mediación no añade algo que faltara en Dios, ni completa algo que quedara incompleto. Más bien, con su corazón materno, ella acompaña la obra de salvación que Dios mismo realiza (cf. MPf 65).

  1. Sobre llamarla Mediadora de todas las gracias

Este tercer título requiere también nuestra atención. A veces, sin darnos cuenta, presentamos o imaginamos a María como si tuviera su propio depósito de gracia, como una fuente independiente de donde mana todo bien. Esas imágenes, aunque quieren honrarla, terminan por colocarla en un lugar que no es el real, dejando de lado la centralidad de Cristo o, al menos, resultando condicionada (cf. MPf 45). 

La confusión puede producirse por el saludo del ángel Gabriel. La expresión “llena de gracia” (κεχαριτωμένη, Lc 1, 28) significa que ella recibió la gracia de Dios de manera única y total, precisamente para ser la Madre del Salvador y como primicia por los méritos de la pasión, muerte y resurrección de su Hijo. Pero recibir la gracia no es lo mismo que dispensarla o tener el poder para distribuirla. La gracia viene de Dios, y María, como todos nosotros, es receptora de ese don, aunque de una manera singular y privilegiada.

Al cuidar esos títulos no estamos disminuyendo a María, sino honrándola respetando el lugar que el mismo Dios quiso para ella. La amamos más cuando la comprendemos en su misión: no como complemento de Cristo, sino como la primera discípula, la Madre que nos señala siempre a su Hijo y nos dice, como en Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

Para continuar viviendo nuestra devoción a María

Hay tres aspectos que pueden iluminar una sana devoción a Nuestra Señora:

El primer aspecto es reconocer el valor de su “sí”. Aquel “sí” que María pronunció ante el anuncio del ángel fue fruto de una profunda experiencia de fe y de relación con Dios que cultivó por años. No fue una reacción impulsiva ni un gesto de resignación. Ella, de manera libre, consciente y voluntaria, acepta la invitación a colaborar con el plan de Salvación que Dios había pensado para la humanidad. Lo hizo sin conocer todos los detalles del camino que se abría ante ella, pero conociendo bien sus propias limitaciones y capacidades. Y, sobre todo, confiando en aquellas palabras que resonaban en su corazón: para Dios nada es imposible (cf. Lc 1, 37). Ese “sí” pronunciado en la fragilidad de su humanidad, en la confianza plena en Dios, es lo que la hace aún más bella, cercana a nosotros y digna de admiración.

El segundo aspecto es comprender el verdadero significado del servicio que María nos enseña. En nuestro tiempo, hablar de servicio puede sonar anticuado. Hoy pocos quieren seguir ese modelo, pero es fundamental no confundir el servicio auténtico con el servilismo o la humillación. El testimonio de María no habla de falsa modestia ni de falta de sueños. Tampoco de ausencia de liderazgo o de fortaleza. Todo lo contrario. Tanto Jesús como su Madre nos han mostrado que es posible llevar adelante una gran misión, conducir una comunidad, enseñar y ser modelo para otros sin la necesidad de imponerse ni de dominar. Su liderazgo nace del amor coherente, de una vida que no busca servirse sino servir, que no busca acaparar sino darse. Sus ejemplos siguen transformando vidas después de dos mil años, más allá de cualquier moda. Porque ser cristiano o católico no es seguir una tendencia, sino abrazar una forma de vida fundada en Jesucristo. Y María lo comprendió antes que cualquiera.

El tercer aspecto nos invita a un ejercicio de empatía: ponernos en el lugar de María y preguntarnos qué quisiera ella. Cuando queramos honrarla, preguntémonos si nuestro homenaje le alegraría verdaderamente el corazón, pues son precisamente aquellas acciones, aquellos títulos que usamos para nombrarla o formas de relacionarnos con ella, las que al mismo tiempo deberían acercarnos a Jesús. 

En síntesis, María no nos llama a quedarnos con ella, sino a ir con ella al encuentro de Cristo. Por esa razón, es con nosotros discípula y, para nosotros, Madre. No hay otra cosa que desee más que conducirnos a su Hijo. 

Cada vez que pronunciemos su nombre, cada vez que la invoquemos o la celebremos, dejemos que sea esta la única intención que guíe nuestros labios y nuestro corazón: acercarnos a Jesús.

1.  Cf. Pío XII, Carta Encíclica Ad Caeli Reginam, Roma, 11 de octubre de 1954.

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