Por Heriberto Cabrera Reyes
1. Irrupción de la IA en la formación teológica
La expansión contemporánea de la inteligencia artificial ha dejado de ser un asunto restringido a laboratorios, industrias tecnológicas o debates especializados. Hoy atraviesa la cultura, reorganiza formas de acceso al conocimiento, modifica la educación, influye en la comunicación pastoral y reconfigura los modos de producción intelectual. En este marco, también la teología se ve interpelada. No solo porque debe pensar críticamente esta transformación, sino porque empieza a experimentar en su propia práctica académica y pastoral las posibilidades y límites de estas mediaciones nuevas.
La pregunta, entonces, no es meramente técnica. No se trata solo de averiguar si determinadas plataformas “sirven” o “ahorran tiempo”, sino de discernir qué tipo de relación con el saber, con la verdad, con el otro y con Dios se favorece cuando la formación teológica incorpora sistemas algorítmicos. El problema de fondo es más hondo: ¿puede la inteligencia artificial prestar un verdadero servicio a la formación teológica sin erosionar su espesor humano, espiritual, eclesial y sapiencial?
La expresión “diaconía de los algoritmos” quiere nombrar precisamente esa posibilidad de un servicio instrumental, limitado y subordinado. No se atribuye aquí a la tecnología una dignidad personal ni una capacidad espiritual. Se trata, más bien, de pensar si ciertas herramientas algorítmicas pueden ponerse al servicio de procesos formativos, en nuestro caso teológico-pastoral, cuyo centro sigue siendo irreductiblemente humano: la búsqueda de la verdad, el ejercicio del juicio, la maduración de la libertad, la escucha de la Palabra, la interpretación de la tradición viva y la disponibilidad para la misión.
Esta reflexión se sitúa en el horizonte de una experiencia formativa concreta vinculada a un curso que actualmente realizo en la Pontificia Universidad Católica de Chile, específicamente en la Facultad de Teología, titulado “Inteligencia artificial y pastoral: herramienta, ética y cuestiones teológicas”. Se trata de un espacio formativo en donde la relación entre inteligencia artificial, educación y pensamiento teológico se abre a nuevas preguntas sobre el sentido, los alcances y los límites de estas mediaciones tecnológicas.
La cuestión resulta especialmente importante porque, como ha subrayado el papa Francisco, la inteligencia artificial es un instrumento “extremadamente poderoso”, capaz de ampliar el acceso al saber y de transformar la vida social, pero también de profundizar desigualdades, reforzar sesgos y debilitar el espacio de una decisión verdaderamente humana. Del mismo modo, la UNESCO ha insistido en que el desarrollo y el uso de la IA deben respetar la dignidad humana, la inclusión, la supervisión humana y la responsabilidad ética.
2. ¿Qué significa hablar de “diaconía” en relación con la IA?
En la tradición cristiana, la diaconía remite al servicio. No a un servicio abstracto, funcional o neutral, sino a una forma de mediación ordenada al bien del otro. La diaconía es humilde, relacional, concreta; se inscribe en la lógica evangélica de Cristo servidor. Hablar, por tanto, de “diaconía de los algoritmos” solo puede hacerse en sentido analógico y derivado. Los algoritmos no sirven por caridad, no aman, no disciernen, no asumen responsabilidad moral en sentido propio. Son estructuras técnicas diseñadas por seres humanos, con finalidades, supuestos, límites e intereses inscritos en su propia arquitectura.
Por eso conviene evitar dos errores simétricos. El primero es la demonización acrítica de toda tecnología. El segundo, mucho más frecuente hoy, es la fascinación ingenua que termina atribuyendo a la herramienta una autonomía casi soteriológica: “todo lo resolverás”, “nos salvará”. La fe cristiana obliga a resistir ambas simplificaciones. La tecnología pertenece a la capacidad creativa del ser humano, pero esa creatividad está siempre situada entre libertad y responsabilidad. Como recuerda Francisco, la técnica puede revelar la grandeza humana cuando conserva su vocación al servicio de lo humano, pero puede volverse destructiva cuando se desvía de ese fin.
En ese marco, la noción de diaconía aplicada a la IA significa, sobre todo, subordinación. Los sistemas algorítmicos solo son legítimos teológica y pastoralmente cuando permanecen subordinados a fines humanos y evangélicos. El Llamado de Roma a la ética de la IA insiste precisamente en que la tecnología debe desarrollarse no centrada en sí misma, sino por el bien de la humanidad y del medio ambiente, sirviendo y protegiendo a las personas, especialmente a las más vulnerables.
Ese punto es decisivo. En la medida en que la IA se entiende como servicio, puede ser integrada. Cuando se convierte en criterio supremo de organización del saber, del aprendizaje o del discernimiento, deja de ser diaconía y empieza a funcionar como principio de dominación. La idolatría tecnológica comienza precisamente allí donde el instrumento deja de ser medio y pretende ocupar el lugar del juicio, de la conciencia o de la sabiduría. En este sentido, hablar de “diaconía de los algoritmos” equivale a recordar, desde la teología, que toda técnica debe permanecer bajo un principio de orden antropológico y ético, nunca por encima de él.
3. La formación teológica como proceso integral
La formación teológica no consiste en la simple acumulación de información religiosa ni en la administración eficiente de datos doctrinales. Es un proceso integral de configuración intelectual, espiritual, hermenéutica, pastoral y eclesial. Supone estudio riguroso, sin duda, pero también implica aprender a leer la Escritura en la Iglesia, interpretar la tradición, ejercer discernimiento, escuchar la realidad histórica, dejarse cuestionar por los pobres, orar, dialogar, pensar con otros y disponerse al servicio. La PUC lo expresa así “La Licenciatura en Teología en la UC forma a personas capaces de aproximarse a la experiencia de Dios de manera crítica, integral y autónoma, y les brinda herramientas clave para desarrollar altas competencias de investigación”.
Por eso una formación teológica auténtica no puede reducirse a operaciones de búsqueda, síntesis o reorganización de contenidos. La teología trabaja con textos, conceptos y fuentes, pero también con experiencias creyentes, memoria eclesial, sentido espiritual, conflicto interpretativo y apertura al misterio. No solo transmite un saber; forma un sujeto. Y formar un sujeto creyente, crítico y ministerialmente disponible no es lo mismo que optimizar un flujo de información.
Esta convicción resulta especialmente relevante en un contexto en el que la inteligencia artificial favorece la velocidad, la condensación y la respuesta inmediata. La rapidez puede ser útil, pero no es el criterio último del aprendizaje teológico. Hay saberes que solo maduran con lentitud, confrontación, silencio, reelaboración y “certeza” existencial. Una exégesis, una síntesis dogmática o una intuición pastoral no valen por ser inmediatas, sino porque se reconoce en ellas el evangelio, junto con estar razonadas, contrastadas, eclesialmente situadas y humanamente asumidas.
De ahí que el lenguaje de la formación teológica deba conservar categorías que el universo tecnológico tiende a adelgazar: sabiduría, interioridad, juicio prudencial, acompañamiento, tradición, comunidad, vocación. Si estas dimensiones desaparecen, quizá siga habiendo información religiosa, pero ya no habrá verdadera formación teológica. En términos pedagógicos, la educación en la era de la IA debe fortalecer la agencia humana y no sustituirla; debe empoderar a docentes y estudiantes, no vaciarlos de iniciativa ni de responsabilidad.
4. Aportes posibles de la IA a la formación teológica
Dicho esto, sería intelectualmente pobre negar las posibilidades reales que hoy ofrece la IA en el ámbito formativo. Hay un uso legítimo, fecundo y hasta prometedor de estas herramientas, siempre que se mantenga la jerarquía correcta entre medio y fin. Un primer aporte está en la investigación bibliográfica y la sistematización de materiales. La IA puede ayudar a ordenar corpus extensos, agrupar temas, identificar recurrencias terminológicas, comparar documentos o sugerir caminos de lectura. Para estudiantes y docentes, esto puede ahorrar tiempo y liberar energía para tareas de mayor densidad interpretativa.
Un segundo aporte se refiere a la comparación de autores, corrientes o documentos. En el aprendizaje teológico, muchas veces se requiere poner en relación perspectivas diversas: distintos enfoques de eclesiología, modelos pastorales, corrientes morales o lenguajes catequéticos. Una herramienta algorítmica puede ofrecer cuadros comparativos iniciales, detectar temas comunes o enumerar diferencias relevantes. Pero el juicio sobre el sentido de esas diferencias, su peso doctrinal o su fecundidad pastoral sigue siendo una tarea propiamente humana.
Un tercer aporte es la personalización de itinerarios de estudio. No todos los estudiantes llegan con las mismas competencias lingüísticas, bibliográficas o metodológicas. La IA puede apoyar procesos diferenciados, proponer ejercicios, resumir textos complejos, generar preguntas de comprensión o ayudar en el aprendizaje de lenguas. En contextos de formación muy heterogéneos, esto puede favorecer inclusión y acompañamiento. La UNESCO ha destacado precisamente que la IA puede utilizarse para mejorar la gestión educativa, el aprendizaje, la evaluación y el apoyo a los docentes, siempre bajo principios de equidad e inclusión.
Un cuarto aporte aparece en la docencia: elaboración de guías de lectura, mapas conceptuales, bancos de preguntas, apoyos para evaluación formativa, organización de secuencias didácticas, siempre bajo supervisión humana.
Finalmente, la IA puede estimular creatividad pastoral. En ambientes parroquiales, catequéticos o universitarios, puede colaborar en la elaboración de subsidios, itinerarios, actividades, adaptaciones de lenguaje o recursos para públicos diversos. Sin embargo, conviene insistir: creatividad no es producción automática de variantes; es capacidad de responder con inteligencia evangélica a una situación concreta. Allí donde falta contacto con la realidad (en el sentido de experiencia), la supuesta creatividad de la máquina se vuelve estereotipo. Morel ha mostrado, a propósito de su primera experiencia con ChatGPT, que estas herramientas pueden ofrecer formulaciones sorprendentes e incluso útiles para la transmisión de la fe, pero obligan a verificar, discernir y no abandonar jamás la responsabilidad del sujeto creyente que habla y enseña.
5. Riesgos y ambigüedades
Los beneficios posibles no deben ocultar las ambigüedades profundas. De hecho, en materia formativa, los riesgos no son secundarios: tocan el corazón mismo del acto educativo. El primero es la superficialidad intelectual. Cuando una herramienta entrega resúmenes, definiciones o argumentos ya organizados, aparece la ilusión de comprensión. El estudiante puede creer que sabe porque dispone de una formulación correcta. Pero saber teológicamente no es repetir una fórmula, sino entender su génesis, sus presupuestos, su alcance, sus límites y su pertinencia.
El segundo riesgo es la homogeneización del pensamiento. Los sistemas generativos tienden a reforzar lo más reiterado, lo más estadísticamente plausible, lo más repetido en los datos con que fueron entrenados, con incluso sesgos teológicos (una perspectiva teológica determinada, en muchos casos protestantes si no se la ha entrenado). Francisco advirtió que la llamada IA generativa no produce en sentido estricto conceptos nuevos, sino que reorganiza contenidos existentes y tiende a reforzarlos, con el peligro de minar el proceso educativo y reducirlo a repetición de nociones continuamente presentadas. Para la teología, esto es grave, porque el pensamiento teológico vive también de matices, tensiones, tradiciones minoritarias, preguntas abiertas y búsquedas no clausuradas.
El tercer riesgo es el debilitamiento del esfuerzo hermenéutico. Interpretar un texto bíblico, un documento magisterial o una situación pastoral requiere paciencia, contexto, escucha, confrontación de sentidos. Si la IA se transforma en atajo permanente, el estudiante puede perder la disciplina interior del trabajo intelectual y espiritual. A esto se suma la pérdida de autoría y responsabilidad. ¿Quién piensa? ¿Quién responde por una afirmación? ¿Quién verifica una cita, un matiz doctrinal o una inferencia pastoral? Cuando el usuario se limita a copiar o parafrasear, la formación se vacía de apropiación subjetiva. No solo se vulnera la honestidad académica; se empobrece el sujeto.
Otro riesgo importante es la opacidad algorítmica. El Llamado de Roma y otros marcos éticos contemporáneos insisten en la transparencia, la responsabilidad, la imparcialidad, la fiabilidad, la seguridad y privacidad como principios básicos de una “algorética” compartida. No basta, entonces, con usar herramientas eficaces; es necesario preguntarse qué sesgos arrastran, qué mundo presuponen, qué voces silencian y qué intereses sirven. Dyens ha mostrado que, ante la complejidad creciente del mundo y del Big Data, existe la tentación de buscar en la máquina una suerte de instancia casi oracular; sin embargo, precisamente por eso se hace indispensable una vigilancia crítica sobre la fascinación tecnológica (Dyens, 2024).
Hay, además, un empobrecimiento más sutil: el de la interioridad. La formación teológica necesita lectura reposada, memoria, silencio, rumia espiritual, oración. La cultura de la respuesta inmediata tiende, en cambio, a llenar todos los vacíos. Pero no todo vacío es carencia; algunos son condición de profundidad. Una teología sin silencio puede ser muy informada y pobre. Por último, existe la tentación de sustituir la relación pedagógica y el acompañamiento formativo. La máquina puede asistir, pero no acompaña en sentido fuerte. No reconoce una biografía, no discierne un proceso vocacional, no percibe una resistencia interior, no alienta con auténtica gratuidad. Cuando en la formación se sustituye la mediación humana por la interfaz, se gana eficiencia aparente, pero se pierde espesor educativo.
6. Criterios teológico-pastorales para una IA al servicio de la formación
Frente a estas posibilidades y riesgos, se requieren criterios claros de discernimiento. El primero es la primacía de la dignidad humana. La persona no puede ser reducida a perfil de datos, rendimiento o patrón de respuesta. Toda incorporación de IA a la formación teológica debe preguntarse si fortalece o debilita la libertad, la responsabilidad y la maduración del sujeto. Y si presenta la dignidad humana, la inclusión y la responsabilidad en el centro de todo marco ético.
El segundo criterio es la centralidad del discernimiento. La IA puede ofrecer opciones, pero no puede decidir humanamente. Hay que distinguir con claridad entre la elección técnica de la máquina y la decisión humana como acto sapiencial y prudencial. En formación teológica, esto significa que la herramienta puede asistir al juicio, nunca reemplazarlo.
El tercer criterio es la subordinación de la técnica a los fines formativos. No se debe preguntar primero qué permite hacer la herramienta, sino qué tipo de persona y de ministro/a se quiere formar. Solo desde ahí puede evaluarse si una determinada aplicación conviene o no.
El cuarto criterio es la transparencia y verificación. Todo contenido producido con apoyo de IA debe ser contrastado. Fuentes, conceptos, citas, interpretaciones y síntesis requieren revisión. La confianza ciega en la herramienta contradice la disciplina intelectual de la teología.
El quinto criterio es el cultivo explícito del pensamiento crítico y de la honestidad académica. No basta prohibir usos indebidos; hay que educar en prácticas responsables: declarar usos, verificar información, reelaborar personalmente, distinguir apoyo instrumental de sustitución del trabajo propio.
El sexto criterio es la complementariedad entre mediación tecnológica y mediación humana. La IA puede ayudar en procesos de aprendizaje, pero el corazón de la formación sigue pasando por la comunidad, el maestro, el acompañante, el diálogo, la liturgia (el misterio) y la experiencia pastoral.
El séptimo criterio es la orientación eclesial y misionera. La finalidad de la formación teológica no es producir usuarios expertos de herramientas, sino discípulos capaces de pensar la fe, servir a la comunidad, anunciar el Evangelio y discernir los signos de los tiempos. Una IA al servicio de la formación deberá, por tanto, medirse siempre por su capacidad de favorecer una inteligencia creyente más lúcida, más responsable y disponible para el servicio.
7. El desafío de la diaconía
La inteligencia artificial puede integrarse a la formación teológica, pero solo bajo una condición decisiva: que permanezca en clave de servicio. Puede ayudar a ordenar, buscar, comparar, resumir, traducir, apoyar y sugerir. Puede incluso ampliar el acceso a ciertos bienes formativos y hacer más inclusivos algunos procesos. Pero no puede ocupar el lugar de la conciencia, del discernimiento, de la comunidad, del estudio serio, de la oración ni del encuentro pedagógico.
La teología no se agota en información religiosa bien organizada. Es una inteligencia creyente que busca comprender la fe en diálogo con la Escritura, la tradición, el Magisterio, la historia y la experiencia humana, bajo la acción del Espíritu. Por eso, aunque los algoritmos puedan colaborar con la formación teológica, nunca podrán constituir su principio rector.
La verdadera formación teológica no consiste en producir respuestas rápidas, sino en formar personas capaces de escuchar, interpretar, discernir, orar, pensar y servir. Allí radica su densidad y su belleza. La IA puede prestar una diaconía real cuando acepta ser ayuda, mediación y apoyo; se vuelve peligrosa cuando pretende transformarse en criterio supremo del saber o del acto educativo.
La tarea, entonces, no es rechazar la tecnología ni entregarse a ella, sino gobernarla humanamente. En tiempos de aceleración algorítmica, quizá una formulación pueda resumir bien este desafío: en la formación teológica, los algoritmos pueden ser buenos servidores; nunca deben convertirse en señores del proceso formativo.